SI MAMA LO OYERA



En pocos días Alicia se había metido en el bolsillo a todas las niñas del internado. Esto se debía a ciertas cualidades y ventajas que figuraban en su haber personal y que manejadas por ella con habilidad atraían como el imán. Por ejemplo, tenía más roce social y mas “mundo” que todas las demás, vestía con elegancia y distinción, su familia era gente de mucho dinero, y había viajado con ella por varios países; sin embargo, Alcira no era orgullosa, ni petulante, ni “echada para atrás.” Aunque no era estudiosa ni poseía conocimientos sólidos en ninguna materia, sabia un poco de muchas cosas: tocaba regularmente la guitarra y el piano, chapuceaba dos o tres idiomas extranjeros y podía entretener a sus admiradoras con un repertorio variado de mundanas habilidades; canciones alegres que entonaba con vocecita melodiosa y bien timbrada, historietas humorísticas, anécdotas divertidas y cuentos jocosos que narraba con gracia chispeante. En la conversación tenia siempre la respuesta pronta y la frase ingeniosa.
Quizá ninguna la admiraba tanto como Isabel, joven-cita diligente y concienzuda tanto en el trabajo como en los estudios, que sabia ahondar en las materias del curso y en la lectura solida, estaba siempre a la cabeza de la clase y conversaba en forma agradable y sesuda.
Pero Alcira la aventajaba en brillo y popularidad e Isabel estaba deslumbrada ante su nueva amiga.
Con motivo de las fiestas patrias se les pidió a Isabel y Alcira que se hicieran cargo de la velada literario-musical. Con la colaboración de Amalia y Ana Reyes, dos ami-guitas externas que se destacaban en música, en cuya casa se reunieron una noche, se dedicaron a bosquejar el programa y seleccionar el material, pero después de una hora de trabajo serio y concentrado, Alcira sugirió la idea de amenizar la tarea, y con su gracia acostumbrada comenzó a echar mano de su jocoso anecdotario de casos reales o imaginarios, que las otras festejaban con risas in-contenidas. El aplauso persistente suele producir en la generalidad de las personas el mismo efecto del alcohol: excita y marea…Los cuentos de Alcira fueron adquiriendo un carácter cada vez más “liberal” e internándose en temas cada vez más escabrosos…
Dio la casualidad que una de las profesoras llego en busca de la sra. De Reyes, quien, también por casualidad, no estaba en casa. Nadie contesto su llamada. Sin embargo atrajo su atención el eco de risas y la luz que provenía de la pieza de las hijas. Se acerco a la ventana y le sorprendió la actitud y expresión del grupo: las tres joven-citas rodeaban a Alcira y con los ojos brillantes, las mejillas encendidas y el cuerpo inclinado hacia adelante para escuchar mejor, festejaban con estruendosas carcajadas sus palabras.

Oyó solo unas pocas frases, pero le bastaron para darse cuenta del carácter obsceno del relato. Se retiro de allí con un sentimiento de hondo pesar y desencanto.
Ella no fue la única que se acostó con el corazón pesado.
Isabel se había criado en un hogar cristiano, de acendrada moral y purísimas costumbres. La madre le enseño desde pequeña, por precepto y ejemplo, a mantener limpio el corazón, los pensamientos y los labios. Nunca se oyeron en su casa palabras soeces y jamás oyó a su padre matizar la conversación con expresiones “gruesas” o frases de doble sentido. Y desde pequeña había adquirido también el hábito de arrodillarse junto a su cama y conversar con Dios antes de dormir. Pero esa noche no sentía el espíritu dispuesto para ello y se deslizo debajo de las frazadas sin la plegaria habitual.
Durante varias horas no pudo conciliar el sueño y quien sabe por qué se le dio por recordar su hogar y pensar en su madre con nostalgia y extraño desasosiego.
Eso no fue todo. Ella era la secretaria de la profesora mencionada, y al día siguiente fue como de costumbre a ayudarla en la corrección de los ejercicios y pruebas escritas. Trabajaron un rato en silencio y de pronto la señora le dijo una pregunta aparentemente casual:
¿Y cómo van los preparativos para la velada literario-musical del 9 de Julio? Tengo entendido que eres una de las encargadas.
Si, señora; va marchando. Anoche nos reunimos en casa de Amalia y Anita y confeccionamos el programa.

¡Ah! ¿Sí? ¿El programa cuenta sin duda con números jocosos…?
No, señora; ¿Por qué me lo pregunta? Inquirió con expresión cautelosa la pobre niña que ya no las tenía todas consigo.
Pregunto porque casualmente necesitaba ver a la Sra. De Reyes anoche; como nadie contestara, camine alrededor de la casa, me acerque a la pieza de las chicas y oí unas carcajadas estruendosas…
Las mejillas de Isabel se cubrieron de intenso rubor, luego se tornaron pálidas. Miro de soslayo a la profesora y vio que esta la contemplaba con expresión de inefable dulzura y honda tristeza. La joven-cita inclino la cabeza, y su maestra le hablo.
Isabel, sin querer, sin intención alguna, oí parte del cuento que Alcira relataba y que ustedes escuchaban con tanto placer. ¿La puedes imaginar a tu madre escuchando y festejando tales relatos? ¿Te hubiera gustado que ella oyera tus carcajadas anoche?
“Sin duda has oído o leído más de una vez el consejo de que debemos guardar” “Las avenidas del alma. Dichas avenidas significan nuestros sentidos, porque por ellos afluyen las espirituales impresiones y sensaciones transmitidas por lo que vemos, oímos, palpamos… y que constituyen el alimento de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, de nuestros hábitos, en resumen de nuestro carácter. ¿Te parece que relatos como el que las deleito anoche es alimento apropiado para nutrir tu mente y tu espíritu?”
Lagrimas de vergüenza y remordimiento humedecían los ojos de Isabel. Con voz anegada en llanto, exclamo:

No prosiga, señora. Yo también me sentí mortificada y triste anoche al acostarme. Quisiera que usted me creyera al decirle que no es mi costumbre…
Ya lo sé, querida, interrumpió la profesora; por eso te hablo, porque los malos hábitos como los buenos, siempre tienen un principio… El único proceder sabio en tales casos consiste en evitar su repetición. Cuida celosamente las avenidas de tu alma, y si quieres una guardiana celosa e incorruptible, coloca allí la memoria de tu madre… Cada vez que no estés segura de tu conducta, pregúntate: ¿Me sentiría feliz y tranquila si mi madre o escuchara esto en mi compañía?
“El gran apóstol San Pablo nos dice cual es el alimento digno para nutrir nuestro espíritu:
“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna o si alguna alabanza, en esto pensad.”
Señora, ¿Por qué no les habla también a mis amigas? Les hará muy bien. Ninguna de nosotras es mala en el fondo…
Al contrario, querida, las cuatro son excelentes criaturas; cada una es una hermosa flor cuyos delicados pétalos se están apenas abriendo a la vida, pero el soplo enviciado del mundo puede ajar prematuramente su pureza y lozanía.
La beso maternal mente y le dijo:
Vete tranquila; hablare con tus ami-guitas.
Cada vez que Isabel recordaba aquel incidente lo comparaba en su interior a esas medicinas amargas y desagradables al gusto, pero que una vez ingeridas hacen mucho bien.

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